martes, junio 20, 2006

NOVELA “LA VACUNA”: Capítulo VEINTITRÉS

Mary salió de casa con el tiempo suficiente como para llegar a la de Brett Johnson con antelación. Él vivía cerca de Venice Beach, una zona que le encantaba y a la que solía acudir, en ocasiones, a pasear.

Estaba segura de que él aceptaría su proposición, pero en el último momento sintió dudas. Una hesitación razonable bajo el punto de vista de lo que aquella acción podría suponer para él, en el caso de que fuera descubierto. Su puesto de trabajo en Microgensyn peligraría, por lo que pensó que no debía de presionarlo y que fuera él quien decidiese, por sí mismo, si aceptaba o no el encargo.

- Hola, Mary, pasa. Tengo preparado el café.

- Gracias, Brett.

Mientras Brett Johnson preparaba el tentempié, Mary Fishers se acomodó en el salón que estaba un tanto desordenado. Brett había colocado un mantel en una mesita de cristal, de forma cuadrada, pequeña, y dispuso dos cojines turcos en torno a ella. Mary se sentó en uno de ellos y mientras lo esperaba, pasó el tiempo contemplando la gran cantidad de objetos que decoraban el salón. Estaban por todas partes, de todos los tamaños y hechos con los más diversos materiales. Se percató de que aquel contraste orden desorden, conjugaba en perfecta armonía, siendo fiel reflejo de la personalidad de Brett Johnson.

- ¿Lo has leído?

- ¿El qué?

- El proyecto.

- ¡Ah! Perdona. Estaba distraída. Sí. Ya lo he terminado.

- ¿Qué piensas? ¿Será aceptado por la comisión de investigación de Microgensyn? ¿Lograremos el permiso y los fondos para llevarlo a cabo? Sabes que estoy muy ilusionado en él. He invertido muchas horas de trabajo. Es ya casi como un hijo para mí.

- No me cabe la menor duda. Será aceptado. Te lo prometo. Yo también estoy muy interesada.

Mary Fishers formaba parte de la comisión de investigación cuyo director era Christopher Norton. Parir un fármaco nuevo en la lucha contra el SIDA resultaba una tarea demasiado complicada, y el primer paso después del diseño y del protocolo de investigación, consistía en convencer a los componentes de la comisión de que ese experimento merecía la pena llevarlo a cabo, y que tras ser evaluado podría ser eficaz para la empresa y efectivo contra el SIDA.

- Me gustaría darte las gracias por tu apoyo y por tu ayuda incondicional en todos los momentos en los que estuve perdido y que gracias a ti pude salir del atolladero en el que me encontraba. Diseñar una molécula nueva es una experiencia fascinante.

- No las merezco, Brett. Al fin y al cabo, yo soy la responsable de este proyecto, aunque la cabeza visible seas tú.

- Ya sabes que me gusta ser agradecido.

- En ese caso, tengo que pedirte un inmenso favor.

- Pídeme lo que quieras que sabré corresponderte.

- No sé si debo…

- ¿Tan delicado es?

- Más que delicado, es peligroso.

Mary le contó a Brett Johnson la historia en la que estaba inmersa. Dejó de lado, algún que otro aspecto escabroso, que guardó bajo un escrupuloso secreto. Él la miraba sorprendido, no podía creer lo que le estaba contando y en aquellos instantes comprendió todas las medidas de seguridad que existían en Microgensyn y que tan aturdido lo tenían cuando empezó a trabajar en la empresa.

- Estás metida en un grave problema - atinó a decir Brett Johnson, mientras cambiaba de posición las piernas, intentando mantener el equilibrio para no caerse del cojín -. Si bien creo comprender, lo que me quieres pedir está relacionado con toda esta trama. No dudes en pedirme lo que creas conveniente, Mary. Quiero convertirme en tu cómplice.

Aquellas palabras alegraron el semblante de Mary Fishers que hasta entonces se mostraba cauta y un tanto rígida en sus expresiones y en sus gestos.

- Necesito conocer los resultados definitivos del Proyecto Mgen1702 y quiero que me los consigas tú.

- De acuerdo. Pero, ¿cómo?

- Conozco la clave de acceso al proyecto de Kenneth Golberg. Deberás entrar en su despacho sin que te vean, introducir el CD que ha preparado mi hermano y ejecutarlo, está preparado para realizar el resto de funciones él sólo. Tú sólo tendrás que preocuparte de que no te descubran. Una vez que lo hayas conseguido, me lo llevarás a casa, donde yo te estaré esperando. ¿Qué contestas?

- Que acepto. Esto me demuestra la confianza que tienes puesta en mi.

Brett Johnson era un tipo un tanto especial. Cuando entró a trabajar en Microgensyn, quizás por su forma de ser, un tanto desconfiado, se sintió desplazado por el color de su piel. En una empresa donde casi todos los científicos eran de piel blanca, presentía que el bronceado de su piel le podría granjear serios problemas. Pero desde un primer momento se sintió protegido por Mary Fishers, la cual lo avalaba con su presencia en todos los estamentos de la compañía. Por esa actitud, le estaría agradecido para siempre. A partir de entonces se convirtieron en amigos íntimos.

- Ahora soy yo la que tengo que darte las gracias. ¡No imaginas cuánto te lo agradezco! - añadió ella, antes de beber un sorbo de café.

- Mary, de sobra sabes que no tienes que agradecerme nada. Estaba deseando que me pidieras algo importante para demostrarte mi gratitud.

- Sólo quiero pedirte una cosa más.

- ¿Cuál?

- Que tengas mucho cuidado. Si te ves en peligro, no te expongas. No quiero que te suceda nada. ¿Lo harás?

- Te lo prometo.

- Espero que me hagas caso.

- ¿No te he dicho nunca que mis novelas preferidas son las de suspense? Las historias que más me gustan son aquellas en las que no se sospecha el final hasta la última página. Y ahora, verme implicado en una historia de espionaje, será un auténtico placer. ¿Me imaginas a mí representando el papel de Denzel Washington en alguna de sus películas?

- No - respondió Mary Fishers con certeza.

- Pues yo tampoco, pero lo intentaré - mientras decía estas palabras le apuntaba a ella con su dedo como si fuese una pistola a punto de disparar y los dos se echaron a reír con entusiasmo.

Mientras reían, Brett Johnson pensaba cómo iba a llevar a cabo la misión que le acababan de encargar. Sabía que le resultaría demasiado arduo, pero pondría todo su empeño y toda su astucia para lograrlo.




Cuando salió de casa de Brett Johnson, Mary Fishers utilizó su teléfono móvil para llamar a Jeff Colleman. Necesitaba hablar con él y comentar determinados puntos que creía conveniente aclarar por el bien de su relación.

Quedaron en verse cuando él saliera de trabajar y el punto de reunión sería una vez más la casa de ella.

Mary llegó a su casa a las ocho de la tarde y se dispuso a esperarlo. Sabía que no tardaría en llegar. Esperaba con el miedo como compañero, temiendo alguna insinuación por parte de él, acerca de las noticias aparecidas en la prensa sobre su vacuna y que probablemente la inculpaban a ella directamente. Tendría que afrontar ese tema de la mejor manera posible para no perderlo, algo que la corroía sólo de pensarlo. Intentaría ser natural y si él sospechaba algo ya pensaría qué hacer sobre la marcha. Debería ser sincera con Jeff Colleman para cimentar, sobre una base sólida, su relación u ocultar los hechos y que el destino decidiera por sí mismo. A veces es mejor callar para no herir a la persona que se ama.

Cuando llegó, ella ya estaba preparada y bajó a la calle directamente. No le apetecía recibirlo en casa. Se besaron nada más verse. Un beso abonado con la duda del remordimiento.

Comenzaron a pasear y Mary Fishers advirtió que Jeff Colleman se mostraba más distante que en las ocasiones anteriores. No hablaban de nada en particular sino de los temas que dos personas enamoradas y que acaban de iniciar una relación suelen hablar. La conversación estaba centrada en determinados aspectos de ellos mismos, precisaban conocerse a fondo: gustos, aficiones, preferencias, proyectos, objetivos… Todo con tal de afianzar el amor recién estrenado y comprobar que la afinidad de criterios y de pareceres favorecería el compromiso de aquella unión.

- Tengo algo que preguntarte - se atrevió a decir él, aprovechando un amplio silencio en la conversación, mientras caminaban cogidos de la mano -. ¿Has sido tú quién ha filtrado la noticia a la prensa? - inquirió él, mirándola a los ojos.

- No. No he sido yo - contestó con rotundidad.

- Entonces, ¿quién? Estoy convencido de que tú sabes algo y quiero que me lo aclares.

- Es cierto que yo robé esa información de la caja fuerte de tu despacho pero yo no la he aireado a la prensa - ella confesó su acción, no le quedaba otra opción si pretendía retenerlo a su lado.

- ¿Cómo has sido capaz de hacerme eso, Mary?

- Es una historia larga de explicar. Me han obligado a ello. No me preguntes el porqué, también yo me lo he preguntado a veces…

- ¿Y tu amor, es verdadero o también es falso?

Ella lo besó con dulzura en los labios y luego añadió:

- Mi amor es verdadero.

- En ese caso, agradezco tu sinceridad. Por ello, también debo confesar que yo procuré dejarte a solas en mi despacho para que tuvieras la oportunidad de hurgar en mis documentos. No imagino cómo lo lograste, pero lo cierto es que los resultados son bien conocidos.

- Yo tampoco voy a preguntarte cuáles fueron las razones que tuviste para provocar que yo tuviera la oportunidad de descubrir los secretos de tu vacuna.

- Pero yo, sí que puedo contártelo - la interrumpió él -. Mi empresa está dudando de Microgensyn desde que acordaron la fusión. Querían saber si toda la manipulación a la que fue sometida partía de ellos o no, y ahí apareciste tú. Me pidieron que te facilitara la labor y de esa manera poder cerciorarse con qué personas estaban tratando.

- Gracias, Jeff, por confiar en mi.

- Te quiero, Mary.

- Yo también te quiero, Jeff.

Las dudas se habían disipado. Los dos se confesaron mutuamente y llegaron al convencimiento de que su amor estaba por encima de las circunstancias que estaban viviendo. El amor verdadero no existe sin una controversia que lo pueda poner en peligro.